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La invitación de Wanda no fue gratuita.
Wanda tenía cuentas que ajustar con dos tipos de su pasado, antes de lo de los zombis.
El primero era su antiguo jefe. Todos hemos visto a un jefe así o hemos oído hablar de él, el típico que se queda con un dólar de tu paga por cada céntimo que falte en una cuenta, que pone cámaras por todo su restaurante (sí, incluso en el baño de las chicas) porque cree que sus empleados le roban, y que hace que los empleados paguen por usar los servicios (ya que después de todo, son para uso exclusivo de los clientes, y los empleados no son clientes, ¿verdad?).

El segundo tipo era un exnovio pesado. La insoportable clase de exnovio que es absolutamente incapaz de entender el significado de varias expresiones útiles: “No”, “Hemos terminado”, “Deja de molestarme”, y muchas más. Por supuesto, era un cliente habitual del restaurante de carretera de Wanda, y allí almorzaba, cenaba y se tomaba un café… o doscientos.
Necesitamos provisiones y el restaurante nos pilla de camino a casa de Wanda. Es probable que estos dos tipos se convirtieran en zombis, así qué…
 
– “El restaurante está al otro lado de ese edificio” – dijo Wanda.
Señalaba el edificio del final de la calle donde nos encontrábamos. A nuestra izquierda había un almacén, creo que era dirección ‘este’ por que era por la mañana y tenía el sol encima.
Al ‘oeste’ había otro edificio del que no se veía ninguna entrada y al ‘sur’ la avenida y el bloque que había señalado la rubia.
– “Tendríamos que conseguir provisiones” – sugerí prudente.
– “En esos almacenes solía haber de todo” – contestó la camarera – “aunque supongo que los habrán saqueado hace tiempo.”
– “Lo miraremos de todas maneras” – añadió Ned jocoso, parecía contento.
La rubia avanzó patinando, abrió la puerta del almacén más cercano y siguió rodando perdiéndose de vista al girar la esquina. Intenté seguirla. Al pasar cerca del edificio escuché un zombi en el interior y disparé sin pensármelo. Fallé.
– “¡Mierda! Le he dado en el pecho” – maldije mi falta de puntería.
– “No te preocupes, yo me encargo” – dijo Ned entrando en el inmueble.
– “Yo te acompaño abuelo” – añadió Josh.
Ellos limpiarían el edificio. Avancé y giré la esquina por la que había desaparecido Wanda, a la que encontré abriendo otro edificio. Un caminante se le acercaba desde la esquina más alejada de la avenida. Me acerqué a ella disparando. Volví a impactar, esta vez en una pierna.
– “¡Joder! Parece que hoy no tengo el día” – protesté.
– “No te preocupes, vas a tener oportunidades de sobras” – respondió divertida la camarera, al tiempo que entraba por la puerta que acababa de abrir.
El caminante al que había dejado cojo seguía acercándose, no iba a desperdiciar una bala en un zombi tullido, así que esperé con el machete en la mano. Justo cuando estaba a punto de descargar mi golpe apareció Josh de la nada, como solía hacer, partiendo la cabeza del no-muerto con una certera estocada de katana.
– “Estás lento gafitas” – me dijo el pandillero, que también entró en el edificio.
Sonreí. Otro caminante se acercaba desde la misma esquina, seguramente atraído por los disparos. Esta vez me tomé mi tiempo. Apunté con calma y disparé.
– “¡Me cago en la hostia!” – maldije mi punteria una vez más.
Le había dado en el estómago. Volví a disparar, pecho. Tercer disparo. El zombi cayó al suelo con la cabeza destrozada. Miré la pistola que tenía en la mano. Todo era más fácil con las recortadas, ¿por qué se las habría dejado a Ned?
Josh y Wanda salieron del edificio mientras yo continuaba afinando mi puntería con los caminantes que ahora empezaban a llegar por los dos lados de la calle. Cayeron unos cuantos zombis antes de que Ned apareciera disparando cartuchos por la esquina.
– “¿Y ahora qué?” – pregunté.
– “Tú y el abuelo registrad este edificio y mantened una posible ruta de escape. Yo y el niño registraremos el otro” – dijo Wanda señalando el gran bloque de su espalda.
– “¡Eh! ¡Qué yo no soy ningún niño!” – protestó Josh como un chaval.
Wanda no le prestó atención y salió patinando hacía la esquina donde se acumulaban los cadáveres de mis practicas de tiro.
Entré en el edificio. Los chicos ya lo habían limpiado de zombis, así que me puse a registrarlo buscando algo que pudiera sernos útil. Ned también entró.
Tuve suerte y en el mueble bar, tumbada bajo unos papeles encontré una botella de ron. La destapé y me la acerqué a la nariz. Mi pobre olfato distinguió el aroma del alcohol con un matiz dulzón. Me llevé la botella a los labios y dí un trago.
– “¡Bufff! Esto es bueno” – dije mientras le pasaba la botella a Ned, que también dio un trago.
– “Ahora solo me falta un cohiba” – bromeó el veterano, devolviéndome la botella.
– “¿Puedes pasarme un momento las recortadas?” – pregunté mientras me acercaba a una mesa y depositaba en ella nuestro preciado tesoro.
– “Claro” – me tendió las armas – “¿Qué estas tramando?” – me miró inquisitivo.
Empujé con suavidad el cañón recortado de la escopeta hasta que se abrió. Extraje los cartuchos y deposité el arma en la mesa. Con una habilidad impropia de mi, rompí el plástico de los proyectiles y volqué su contenido, perdigones y pólvora, en la botella.
– “Es una pena desperdiciar el ron, pero algo me dice que vamos a necesitar algo más de artillería” – afirmé.
Cogí la otra recortada de la mesa y disparé a unos caminantes que pasaban frente a la puerta. Le devolví el arma descargada a Ned.
– “¿Puedes encargarte tú de la entrada mientras yo acabo esto?” – pregunté al anciano.
Asintió sin pronunciar palabra. Recargó las recortadas y se acercó a la puerta de entrada. Se asomó discretamente y sin pausa se deslizó al exterior sin hacer ruido. Siempre que hacía algo así, demostrando su entrenamiento militar, el viejo me dejaba sorprendido.
No tardé en conseguir algo que usar de mecha, escuché otra descarga de las recortadas y al poco Ned volvió a cruzar la puerta.
– “Odio decir que tenías razón” – empezó el veterano – “tenemos una abominación en la esquina más cercana.”
– “Entendido, yo me encargo” – respondí con algo de resignación en mi tono.
Me guardé la pistola en el cinto, comprobé hasta tres veces que funcionaba el mechero y saqué una motosierra de la bolsa donde la guardaba.
– “Vuelvo en seguida” – dije al abuelo mientras salía al exterior.
Varios caminantes vagaban por la calle no demasiado lejos de la puerta por la que yo había salido. Me abalancé contra ellos con la motosierra por delante. Los zombis sorprendidos no duraron mucho, y el ruido me hizo captar la atención de la abominación, que empezó a recorrer la calle en mi dirección.
– “Acércate un poco más cabrón…” – no tardé en encender el cocktail – “… y ¡arde en el infierno!” – Lanzamiento e impacto – “¡A eso llamo yo hoyo en uno!”
Recogí la motosierra y volví a la carrera al interior del edificio. Corté y sajé a varios caminantes en mi camino. Mientras corría, escuché un rugido de motor y me pareció distinguir un coche moviéndose al otro lado de la avenida ¿sería uno de los chicos?
– “Misión cumplida” – dije al entrar mientras intentaba recuperar el aliento.
– “Bien, mi turno” – respondió el viejo con una sonrisa – “voy a ver como le va a los chicos” – dijo al tiempo que cruzaba la puerta.
Todavía tenía la lengua fuera. Odiaba no poder tomarme un respiro.
– “Hora de volver al trabajo” – me dije a mi mismo.
Volví a salir al exterior y me encontré con varios zombis, corredores y gordos, cerca de la entrada. Ni rastro de Ned.
Aprovechando otra vez la sorpresa me enzarcé con los zombis, que duraron poco ante la motosierra y un par de tiros certeros. Estaba recuperando mi puntería.
Volví la cabeza en dirección a la esquina más cercana donde todavía se consumían los restos de la abominación cuando la ví…
– “No puede ser… ¿OTRA?” – un bicho igual o más enorme que el anterior apareció en la esquina – “esto no puede estar pasando…”
Una nueva carrera hasta el edificio. Una vez dentro contemplé la calle para ver que hacía la abominación. Un coche pasó a toda velocidad por la avenida y giró en la calle. ¿Era Ned? No había podido distinguirlo bien.
No era buena idea permanecer aquí solo mucho tiempo. Salí otra vez y empecé a correr en dirección al sonido del motor, alejándome de la abominación. No tardé en ver un coche que venía hacía mí. Levanté la mano e hice gestos para que parara. Se detuvo no muy lejos y entré tan rápido como fui capaz. El vehículo arrancó de nuevo tan pronto estuve sentado. Josh lo conducía.
– “Gracias por recogerme” – bromeé – “bonito coche” – asintió.
– “Wanda y yo encontramos un par de coches que funcionaban frente al bar” – conducía intentando atropellar a tantos zombis como podía – “y vinimos a por vosotros” – sonrió.
Casi sin darnos cuenta habíamos dado la vuelta a la manzana. Josh esquivó a la abominación cerca de la esquina y entonces frenó de golpe.
– “El coche de Wanda” – me señaló – “supongo que ha recogido a Ned, ¿puedes decirles que nos vemos frente al bar?”
¿Estaba pensando en hacerse le héroe? ¿Querría impresionar a la rubia? Me hizo gracia ese pensamiento.
– “Claro” – dije mientras bajaba del vehículo – “ahora nos vemos allí.”
Empecé la enésima carrera mientras el coche se deslizaba ya por la avenida. Crucé la calle y llegué junto al otro coche. Estaba parado frente al primer almacén que habíamos abierto. Me senté al volante y encendí el motor.
– “Vamos… quien sea… sal ya…” – no me gustaba esperar.
Como si respondiera a mis plegarias, Ned apareció cruzando el dintel de la puerta. Iba cargado de provisiones. Me vio en el coche y se acercó a la puerta del copiloto, que yo había abierto.
– “¿Y Wanda?” – pregunté con impaciencia.
– “¿Puede llevarme frente al restaurante?” – respondió tomando asiento con una sonrisa.
– “Por supuesto, aunque a esta hora es posible que encontremos tráfico” – continué la broma mientras arrancaba.
Aunque también intentaba inutilizar tantos zombis como fuera posible, mi estilo de conducción era mucho más conservador que el de Josh. Demasiados años pagando un seguro.
Giramos dos esquinas y llegamos a la calle del restaurante. Ned había a improvisado una hatillo para cargar las provisiones sin problemas. Nunca dejaba de sorprenderme. El coche de Josh estaba aparcado a no mucha distancia. Wanda y el pandillero estaban en medio de la calle. Aparqué en batería y nos reunimos con ellos frente al local.
– “No hagamos esperar a los clientes” – dije en tono de broma mientras abría el negocio.
Wanda frunció el ceño. Creo que no le hizo gracia. Como si hubieran estado esperando, varios zombis se abalanzaron sobre nosotros desde el interior. Estábamos preparados y aguantamos bien la primera embestida. Los gritos y los disparos sonaban sin parar.
Me tomé un segundo para contemplar la situación. La calle estaba llena de caminantes allá donde mirarás, y la abominación no tardaría en venir.
– “¡Tenemos que salir de aquí!” – le grité a mis compañeros mientras no dejaba de descargar golpes con la motosierra.
– “¡Al restaurante!” – ordenó Ned mientras disparaba las recortadas contra las puertas y nos abría un paso franco.
Wanda fue la primera en entrar. Mientras yo seguía serrando cuerpos escuché varios disparos en el interior. Hubo un momento de pausa. Eramos como un pequeño oasis de vida en un desierto de zombis. Aproveché para seguir a la patinadora.
Mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la falta de luz. Las sombras del interior solo se veían perturbadas por tenues rayos de sol que se colaban por alguna rendija en las persianas.
Josh entró tras de mi, saltó por encima de la barra y se dirigió a la cocina.
– “Será mejor que salgamos por la parte de atrás” – sugirió el joven.
En ese momento me fijé, no sé por qué, en Wanda. Contemplaba con mirada enervada a un zombi que salía del baño en dirección a nosotros.
– “Como no, tenías que estar aquí” – dijo mientras apuntaba a la cabeza del zombi – “¡se acabó!” – sonó un disparo y lo que supongo que era el ex-novio de la camarera se desplomó sin cabeza.
Ned y algunos caminantes también habían entrado en el restaurante. El viejo y yo nos encargamos de ellos y nos reunimos con los otros en la cocina.
Abrimos la puerta trasera y salimos a un callejón. Había unos pocos zombis que no aguantaron la embestida. Detrás nuestro los zombis estaban abarrotando el local. Que pena no tener ahora aquel cocktail de ron.
Wanda nos guió zigzageando en silencio por calles poco transitadas y poco después llegamos a su piso. El interior estaba una condición bastante buena. Los saqueadores que habían pasado por aquí no habían destrozado todo a su paso.
– “Sentaros donde podáis. Si me dais unos minutos os preparo algo” – dijo Wanda haciendo de anfitriona.
– “Yo encontré algunas provisiones en el almacén” – intervino Ned – “además de… ¡esto!” – la pausa y el tono enigmático hizo que todos nos giráramos, captando nuestra atención.
En ese momento descubrí que la tela con la que había hecho el hatillo era en realidad un delantal.
– “Creo recordar que dijiste” – continuó el veterano dirigiéndose a la camarera – “que tu jefe siempre llevaba un delantal. Me encontré con un gordo apestoso con delantal, y después de matarlo pensé que tal vez se tratara de tu jefe, así que te he traído la prenda para que compruebes si te suena.”
Los ojos abiertos de par en par de Wanda demostraban el mencionado reconocimiento. La rubia se lanzó contra Ned y le dio un abrazo. Josh bajó la cabeza. Me hizo gracia su gesto.
– “Muchísimas gracias” – murmuró la camarera entre sollozos.
– “No llores preciosa” – dijo el abuelo en tono tranquilizado – “¿te encuentras mejor?”
Wanda se apartó un poco.
– “Sabes, en realidad, no estoy segura.” – Intentó explicarse – “De alguna manera, también los hemos liberado. No sé si hubiera sido mejor dejarlos que se pudrieran como zombis para siempre…”

Zombicide Fan Fiction Episode A3 - Doug

A3