amy
No pensaba que tardaría tan poco en echar de menos mi anterior vida. En tan solo unos días había pasado de odiar la banalidad del día a día lleno de comodidades a desear que todo volviera a ser como antes. Sin embargo, ser consciente de que estábamos en constante peligro y que cada instante podía ser el último me hacía sentir más viva que nunca.
El primer día después de “lo que fuera que sucedió” – no tenía muy claro como llamar al echo de que los muertos se levanten como zombis comedores de gente – habíamos decidido registrar el resto del edifico y hacer nuestra refugio más seguro.

Siguiendo mi consejo, Doug desactivó los sensores de presencia para que las luces del edificio no se encendieran automáticamente. Los caminantes se sentirían atraídos por la luz.
Registramos el resto del bloque. Entramos en uno de los apartamentos de la primera planta, donde había vivido Darryl, un negrata que trabajaba de jardinero. El zombi de Darryl no sobrevivió a nuestro reencuentro. Tan pronto como lo vi me abalancé sobre él hacha en ristre, descargando un terrible golpe que partió su cabeza como un melón.
– “Ya sabéis chicos, no hagáis enfadar a Amy” – dijo Wanda con una sonrisa.
Regiramos el piso. Wanda encontró una motosierra en el armario de las herramientas.
– “Seguro que esto nos puede ser útil.”
Más tarde, en el ático de Gregg, un gordo aficionado a las apuestas deportivas, Doug encontró un bate de béisbol.
– “Creo que es profesional… ¿tu que opinas Phil?” – mientras preguntaba hacía el gesto de batear el aire.
Volvimos a casa y preparamos algo para comer. Al parecer éramos los únicos inquilinos del inmueble. En casa estábamos a salvo.
Habíamos pasado varios días en mi piso, esperando que, de alguna manera, alguien pusiera fin a esta locura. Pero nada de eso sucedió. Todo lo contrario. Por las ventanas podíamos ver que cada vez había más de esas criaturas – los Caminantes – y tanto la televisión como la radio habían dejado de emitir. Por supuesto, mi teléfono dejó de funcionar mucho antes.
Las provisiones empezaban a escasear. Había amanecido y las calles se veían tranquilas. ¿Éramos los únicos seres vivos que quedaban?. Imposible. De la misma manera que nosotros, otros habrían sobrevivido. Era una de las cosas en las que siempre había tenido fe: la inacabable capacidad de la humanidad para sobrevivir a la destrucción que genera.
Después de pertrecharnos para la aventura de exploración salimos a la avenida.
– “Seguidme. Hay unos grandes almacenes un par de calles al norte.”
Con mi recortada en mano avancé a paso rápido encabezando al grupo, que me seguía de cerca.
– “Mejor no entrar por la puerta principal.”
– “Parece que estás un poquito paranóica… ¿no?” – ¿eso es todo lo que tenía que aportar Wanda? Hice un gesto con la mano girando la muñeca, haciendo reflejar la luz en el hierro de mi arma.
– “Cuando se trata de mi vida, cualquier precaución es poca.”
Llegamos al callejón trasero. La puerta estaba cerrada. La abrí de un hachazo.
– “No hagas tanto ruido.” – susurró Doug.
Antes de que pudiera replicarle algo, la puerta empezó a abrirse y algunas de esas criaturas empezaron a salir.
– “¡El edificio está infestado de esos bichos!”
– “¡Corred hacía otro edificio! – gritó Phil – “Yo os cubro. ¡Corred!¡Corred!¡Corred!”
Empezaron a sonar los disparos de Phil. Un par de zombis cayeron inertes en el marco de la puerta.
Cruzamos la calle a la carrera. Abrí la puerta del edificio que teníamos en frente de otro hachazo.
– “Uuuuuggghhhhh” – un sonido ronco y gutural provenía del interior.
– “¡Mierda! Este también tiene inquilinos.”
– “¡Corred hacía el sur! ¡Volved a la avenida!” – los gritos de Phil nos dirigían en medio de toda aquella confusión.
Sus disparos, sin embargo, seguro que atraerían a más caminantes a la zona. Arranqué a correr tal como me habían ordenado sin mirar hacía atrás. Escuchaba los disparos de las pistolas de Phil. Creía que Doug y Wanda huían a mi lado.
Paré un momento para recuperar el aliento. Me ardían los pulmones. Wanda venía patinando a corta distancia.
– “Estas en baja forma” – dijó Wanda mientras daba vueltas a mi alrededor.
– “¡Ufff! Si me viera la señora Morris, mi profesora de gimnasia…” – alcancé a contestar con la respiración entrecortada.
Volvieron a sonar disparos. En la avenida no se veían zombis, pero nos miramos intranquilas. La armas guardaron silencio y vimos como los chicos venían hacía nosotras a la carrera.
Phil llegó primero. Su camisa estaba rota.
– “¿Te atacaron?” – pregunté
– “¿Esto? No es nada. Salieron de pronto de las alcantarillas. Nos cogieron por sorpresa. Antes de que me diera cuenta uno se abalanzó encima mío… suerte que estaba Doug.” – respondió Phil.
– “Servirá de poco si ahora nos quedamos plantados en medio de la calle.” – dijo Doug casi con un susurro.
– “Tienes razón. Pongamonos en marcha. ¿Hacía dónde Amy?” – me preguntó Phil.
– “Creo que había una tienda de comestibles algo más al sur.”
Avanzamos, mucho más cautelosos que antes. Giramos a la derecha por otra calle principal y encontramos una pequeña tienda de comestibles.
La puerta estaba vallada y cerrada con un candado. Un par de hachazos fueron suficientes para solucionar nuestro problema con las llaves.
– “Seguro que aquí no hay nadie.” – descorrí la valla y entré en el comercio seguida de Doug.
Mientras registramos el pequeño negocio, Phil y Wanda hacían guardia en la calle. Tuvimos suerte. Doug encontró unos sub-fusiles y llenamos una bolsa con agua y latas de comida.
– “Parece que repartir pizzas se ha vuelto peligroso estos días” – dijo Doug con un arma en cada mano – “yo cargaré las provisiones.”
– “Aunque sea una chica yo puedo cargarlas tan bien como tu…” – de pronto disparos desde la puerta interrumpieron nuestra discusión, salimos corriendo hacía la puerta.
– “¡Han salido de las alcantarillas!” – Phil gritaba mientras disparaba sus pistolas. Wanda mantenía a ralla a varios caminantes con la motosierra.
Nos unimos a la refriega, eran unos pocos, seguro que podíamos contenerlos. Una gorda maruja desteñida me arañó por la espalda.
– “¡Maldita hija de puta!” – me giré y le pegué un hachazo en la oreja – “¡a ver si te haces la manicura abuela!”
– “¿Qué tal estáis?” – preguntó Phil cuando todos los zombis fueron eliminados.
– “Bien, encontramos bastantes provisiones.” – respondí.
– “¡Genial! ¿Te han hecho daño? – se interesó Wanda mientras me miraba la espalda.
– “¡Chicas! Siento molestaros, pero… ¿Habéis visto eso?” – inquirió Phil.
Una oleada de zombis se acercaba por la avenida, encabezados por una criatura realmente grande y varios zombis más gordos y corpulentos que el resto.
– “Ehhh… ¿Frankenstein?” – Doug murmuró incrédulo.
– “¡Joder! ¡Es enorme! Parece una Abominación!” – dije yo.
– “Si… Y esos Gordos… qué asco!!” – replicó Wanda.
– “¿Una qué?” – Phil me miró con cara curiosa. Ok. Ademas de ser la única que veía la tele también era la única que había ido al cine en los últimos 10 años.
Las calles estaban plagadas de zombis allá donde mirábamos.
– “Lo mejor será huir por los edificios. ¿Qué tal esa pizzeria?” – preguntó Phil.
– “Nunca me gustó” – respondí mientras me acercaba a la puerta. Me estaba aficionando a usar el hacha.
Abrí la puerta. Volvieron a sonar los disparos. Phil y Doug descargaban plomo sobre la marea zombi.
– “¡Se nos echan encima! ¡Huyamos! ¡Entrad en el edificio!” – Me preguntaba si Phil era un líder nato o simplemente era por el entrenamiento policial. Entramos todos en la pizzeria.
– “La puerta hará de embudo. Los entretendremos aquí cuanto podamos, vosotras registrad el edificio… y limpiadlo si hace falta.” – volvió a ordenar el policía. Por desgracia, sabía que no se trataba de un comentario machista.
La primera sala en la que entramos era una cocina. Amplia y limpia. Olía bien. Una portezuela metálica daba acceso a la sala frigorífica.
– “Esto es justo lo que necesitábamos.” – Aquello estaba lleno de comida. Cargamos las provisiones y volvimos con los chicos.
– “Llegáis a tiempo… ¿cómo ha ido?” – preguntó Phil.
– “¡Genial! Con lo que hemos encontrado ahora y el agua de antes deberíamos tener suficiente para una semana.”
– “¿Estas las puedo cargar yo?” – Doug me miró sonriendo.
– “Ehm… ¿y la bolsa de antes?” – respondí.
– “Dijiste que tú la llevabas, ¿recuerdas?” – me contestó.
– “¡Mierda! Con los disparos y todo el lío se me olvidó recogerla…”
– “¡Chicos! Elvis está en el edificio… ¡Corred!” – gritó Phil por encima de nuestras voces.
La Abominación había desvencijado la puerta y entrado en la sala, cruzamos rápidamente la cocina. Phil y Doug corrían mientras disparaban. Llegamos al comedor. Wanda patinaba esquivando las mesas.
– “¡Allí está la entrada principal! Podemos salir por ahí” – las palabras de Wanda reflejaban su esperanza.
Salimos de nuevo a la avenida.
– “¿Qué hacemos ahora?” – Doug siempre hablaba en susurros.
– “Tenemos que recuperar el agua.” – me adelanté con la respuesta.
– “¿Volver?” – Phil miró hacía el interior de la pizzeria. – “ESO pronto estará aquí.”
– “Id vosotros por la calle principal. Yo entretendré a Frankie aquí con los sub-fusiles” – dijo Doug en un tono más alto y lleno de convencimiento.
– “¿Seguro? ¿Crees que podrás?” – Phil no parecía muy convencido.
– “Sí, seguro. Además, siempre puedo correr si todo falla.” – ¿Doug creía lo que decía?
– “De acuerdo, pues no perdamos más el tiempo. Iremos corriendo.” – nos hizo un gesto para que le acompañáramos – “Antes de que te des cuenta estaremos de vuelta…” – y salimos a la carrera.
La avenida volvía a estar vacía. Al parecer todos los zombis habían ido hacía la pizzeria. Estábamos muy cerca de la pequeña tienda donde había dejado la bolsa de provisiones. Empezaron a sonar disparos, muchos disparos. Seguro que Doug estaba vaciando los cargadores en esos bichos.
– “Chicos, recoged las provisiones, yo volveré a buscar a Doug, mantendré limpio un camino para que podamos juntarnos.” – dijo Wanda por sorpresa.
– “No deberíamos separarnos. Es peligroso…” – de pronto los disparos cesaron.
– “No hay tiempo…” – dijo Wanda mientras empezaba a patinar de vuelta – “Coged lo que podáis y volved hacía aquí.”
No tardamos en perderla de vista. Solo unos metros y pocos zombis nos separaban de la tienda.
Yo me cargué a uno de un disparo a bocajarro. Tres más cayeron bajo el fuego de las pistolas de Phil.
Entramos en el comercio. Corrimos la vaya para cerrarla. Fui a donde había dejado las provisiones.
– “¡Todavía están aqui!”
– “Tenemos un problema.” – dijo Phil. Tenía razón. Algunos caminantes había salido de la pizzeria y se amontonaban contra la reja. Me hizo un gesto para que nos agacháramos – “Creo que tendremos que esperar a que se dispersen.”
No pasó mucho tiempo hasta que los zombis se sintieron atraídos por alguna otra cosa, sin embargo, ese breve tiempo nos pareció eterno. Cuando vimos que no había caminantes cerca de la verja, la abrimos intentando no hacer ruido y giramos la esquina para volver a la avenida.
– “¡Para, para, para!” – Phil frenó de golpe.
– “No puede ser” – dije yo.
La Abominación estaba en la calle principal cortándonos el paso hacía nuestros compañeros.
– “Es imposible acercarse ahora. Huyamos. Ya volveremos mañana.” – dijo Phil con amargura.
No había nada que discutir. Salimos corriendo en dirección contraria. Callejeando e intentando no hacer ruido hasta que nos encontramos suficientemente lejos de todos aquellos zombis para sentirnos seguros.
– “¿Crees qué estarán bien?”

Amy
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