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Habíamos salido de la ciudad en dirección a Switch City. Sin embargo, tras mucho pensarlo, había decidido tomar un pequeño desvío que si bien nos alejaba de nuestro objetivo, nos permitiría hacer un bien mayor.
Por la mañana, mientras conducía Doug, le indiqué direcciones para que giráramos hacía el norte.

– “Pensaba que íbamos hacía el sur” – dijo el oficinista.
– “Bueno, sí, pero primero quiero que pasemos por un lugar, que está un poco más al norte” – aunque sonara como una excusa barata, esa era la verdad.
– “Tal vez deberíamos consultarlo con los demás” – replicó el gafitas, muy correcto.
– “No hace falta, no te preocupes. Tu hazme caso” – intenté usar mi tono de respetable hombre mayor.
– “Ok. No discutiré. Tu sabrás a donde nos llevas. Además, tampoco tenemos prisa” – me sonrió Doug con complicidad, mientras hacía girar el coche según mis indicaciones.

– “Hemos llegado chicos, tenemos trabajo…” – el resto me miraron con cara de sorpresa.
– “¿Trabajo? ¿Qué quieres decir?” – me preguntó Wanda.
– “Os lo explicaré” – esto no iba ser fácil – “Durante los primeros días todavía se captaban muchas comunicaciones por radio. Ahora os hablo de una muy concreta que yo escuché. Mientras todo se venía abajo, hubo un accidente en la planta de energía nuclear. Antes de desaparecer, las autoridades ingresaron a un gran número de los técnicos de la planta de energía en un ala del hospital bajo cuarentena. Debemos asegurarnos de que esa gente se quede encerrada allí para siempre, especialmente si están infectados. ¿El motivo? Porque hay algo peor que un zombi: un zombi radioactivo.”
– “¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?” – Josh sonreía curioso.
– “Que nosotros estamos aquí” – repliqué en tono serio.
– “Por que tú nos has guiado” – apuntilló el oficinista.
– “Sí. Pero estamos aquí. Y en uno de esos edificios…” – señalé a los dos lados de la calle – “…están esos zombis. Entramos y nos los cargamos.”
– “Ya, estamos aquí, pero, ¿por qué jugarnos la vida?” – preguntó la camarera.
– “Ejem” – me aclaré la garganta, había llegado el momento de mi discurso – “Yo fui a la guerra por mi país antes de que vosotros nacierais. Sí estaba dispuesto a sacrificarme por un bien común entonces, ¿por qué no iba a estarlo ahora? Ninguno de nosotros es un científico que vaya a encontrar la solución a este desastre; pero nosotros somos supervivientes, y matamos zombis. Eso lo hacemos bien. Aquí hay zombis que son peligrosos. Es una cuestión de seguridad Nacional. Yo digo que entremos y nos los carguemos, porque podemos hacerlo.”
– “¡Juajuajuajua!” – Josh reía mientras daba palmas – “Conmovedor. No quiero tu dinero. ¿Qué se supone que haría con él? ¿La seguridad Nacional? Me importa una mierda. Pero tú, abuelo, me caes bien. Si tu dices que lo hagamos, te ayudaré a hacerlo, pero no me des la chapa ni empieces con tus batallitas ¿vale?”
– “Sí,” – dijo Doug tras intercambiar una mirada con Wanda – “te ayudaremos. ¿Qué hay que hacer?”
– “Bien, ¡genial! Escuchad, tengo un plan que creo que podría funcionar…” – les expliqué mi idea.
– “¡Tú estas loco!” – dijo Wanda tras escuchar mi plan.
– “Pero eso ya lo sabíamos…” – continuó Josh en tono de mofa – “Lo intentaremos. Será divertido.” – concluyó.

Estábamos en medio de la calle, entre los edificios que queríamos limpiar, uno al norte y otro al sur. Habíamos colocado un megáfono haciendo ruido en cada una de las esquinas de la calle.
– “Los podridos se guían por el oído, ahora estarán confundidos. Lo aprovecharemos y los guiaremos según nuestros intereses en cada momento. ¿Lo tenemos todo claro?” – asintieron en silencio – “Bien, entonces, todos a sus puestos, ¡qué empiece el espectáculo!”
Nos dividimos. Josh contraloría la calle, Wanda se encargaría de los megáfonos, Doug y yo seríamos la distracción.
– “¡Ponlo en marcha Wanda!” – le dije a la rubia que se encontraba en el megafono más cercano. Al momento el aparato estaba haciendo el ruido de una sirena.
– “¿Me aguantas esto?” – me dijo Doug mientras me pasaba una de sus recortadas – “abriré con el hacha.”
El oficinista descargó un potente golpe contra la puerta, desvencijando su cerradura. La puerta se abrió. Había más zombis de los que esperábamos. También gordos. Doug disparó su otra recortada y un caminante se quedó sin cabeza. Yo también disparé, aunque demasiado bajo; el impacto hizo un agujero en el pecho de un podrido que solo sirvió para retrasarlo, no le había tocado la cabeza.
– “¡WANDA! ¡LLEVALOS AL OTRO LADO!” – Eran demasiados para nosotros dos.
De pronto dejamos de escuchar la sirena. Unos segundos más tarde, empezamos a escucharla en el otro extremo de la calle.
Los primeros zombis llegaron hasta nosotros. Le abrí la cabeza al que había dejado sin pulmones mientras que Doug despachaba un par de ellos a hachazos. Habíamos contenido bien la primera oleada. Súbitamente, la sirena dejó de sonar en la distancia y empezó a sonar en la esquina más cercana de nuevo. Wanda había vuelto a cambiar. Demasiado pronto, pensé.
Entonces, en el peor momento, las alcantarillas se abrieron y empezaron a escupir caminantes. ¡Maldición! No había reparado en que el sonido constante también atraería hacía aquí a todos los podridos de la zona.
Un gordo y varios caminantes salieron del edificio. Me abalancé directamente sobre el corpulento podrido y le atravesé la cabeza con mi cuchillo de caza. Por desgracia, al caer con el cadáver del seboso uno de los caminantes me golpeó en un costado, volviendo a abrir una herida reciente. Rodé por el suelo a causa del dolor.
Doug seguía repartiendo hachazos a diestro y siniestro, decapitando zombis por doquier. Wanda había venido patinando junto a nosotros al ver que teníamos problemas y también se estaba encargando de algún podrido.
Me incorporé. Me dolían las costillas y sangraba. Estaba desarmado. Todavía quedaban algunos caminantes en la calle.
– “¡ENTREMOS EN EL EDIFICIO!” – dije a mis compañeros mientras me dirigía hacía la puerta.
– “¡HEMOS VENIDO A MATAR A ESTOS MIERDAS Y ESO ES LO QUE VAMOS A HACER!” – gritó Wanda mientras descargaba su arma contra un zombi.
– “¡ARRRGHHH! ¡HIJOS DE PUTAAAAA!” – Doug acabó con el resto de los caminantes que quedaban en la calle. Reparé en que también sangraba. A él también lo habían herido.
Por unos segundos volvió la calma. La sirena seguía sonando en la esquina más cercana.
– “¿Estás bien?” – se interesó por mi la patinadora.
– “No es nada, pero necesito un arma” – repliqué. Me pasó una pistola.
– “Controlaremos la calle” – me dijo Doug – “tú comprueba el edificio.”
– “Ok. Entendido” – contesté.
Entré esquivando los cadáveres que se amontonaban cerca de la entrada. Había bastante luz y se veía tranquilo. Los colores claros del hospital y las uniformidad en la decoración contribuían a dar esa sensación. El silencio se rompió con un grito lejano.
– “¡ME CAGO EN LA PUTA!” – sin dudas era la voz de Josh. Tal vez tenía problemas. Me dirigí hacía donde lo había escuchado.
– “¡JOSH! ¿ESTÁS BIEN?” – pregunté al silencio del edificio.
– “¿Ned? ¿Eres tú? Todo controlado, tranquilo” – la respuesta llegó de una habitación contigua.
Por un momento todo estaba en calma. Aproveché para registrar la consulta en la que me encontraba. Encontré unas cuantas vendas y me hice un vendaje de emergencia. Perdería menos sangre y se aguantaría las costillas.
Cuando ya me dirigía hacia el exterior encontré una sala de mantenimiento. Después de registrarla mi premio fue una lata de gasolina. Una buena recompensa, nuestro Cadillac iba a necesitarla.
Finalmente volví a la calle. Podía escuchar la sirena del megáfono más alejado, el de la esquina este. Sonreí. Así que Wanda seguía el plan.
Encontré a Doug cerca de la esquina. Cuando llegamos a la avenida principal, donde habíamos situado los megáfonos, pude ver que Josh también había salido del edificio, seguido de una jodida abominación. Eso era lo que le había hecho gritar. Se dirigían hacía la otra esquina, donde supuse que estaba Wanda.
Abrimos la puerta del edificio del norte. Estaba todavía más lleno de zombis que el que habíamos limpiado hace un momento. Doug activó la sirena de nuestro megáfono y pronto todos los podridos vinieron hacía nosotros.
Doug disparaba y recargaba las recortadas tan rápido como podía y yo no paraba de disparar y golpear zombis. Por un momento todo se volvió rojo. Sí dejaba de golpear, sí paraba para retomar el aliento, los zombis acabarían con nosotros. No sabía cuanto podríamos aguantar. Casi teníamos a la abominación encima.
Y entonces, la sirena del otro lado de la calle empezó a sonar. Wanda debía de haberla activado. La mayoría de los zombis se dio la vuelta y se alejó de nosotros. ¡Genial!
Acabamos con los zombis que teníamos cerca. Josh salió del edificio por la puerta más cercana. Estuve a punto de confundirle con un podrido.
– “¡Larguémonos de aquí! ¡Hay demasiados!” – dijo el joven pandillero.
– “¿Y Wanda?” – se interesó rápidamente el oficinista.
– “Nos espera en el coche” – respondió el joven, luego me miró – “Son demasiados Ned, y no podemos con la abominación, es hora de darse el piro.”
– “Sí, tienes razón” – contesté algo abatido. El cansancio estaba haciendo mella.
– “Además, podemos estar tranquilos, estos zombis no parecían demasiado tóxicos” – sonrió con su tono socarrón callejero.
Volvimos al Cadillac y Wanda nos condujo de vuelta a la carretera. Esta vez, en dirección sur.
Ahora necesitábamos un merecido descanso…

Zombi Alert #7

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