amy
Volvía a estar sola. Tenía todo el banco para mí. Esta mañana nos habíamos levantado temprano. Phil salió a buscar un superviviente con el que había contactado por radio, Marvin creo.

La idea de ser un grupo más numeroso no me acababa de hacer gracia. El banco había demostrado ser un lugar seguro para nosotros y cuantos más fuéramos más recursos necesitaríamos para mantenernos.
Sin embargo, Phil tenía razón. Siendo solo dos estábamos muy expuestos y cualquier cosa, ya fuera enfermedad, accidente o los malditos zombis, podría condenarnos.
Tampoco quería discutir con Phil, que estaba muy emocionado con la idea de formar un grupo más numeroso. Además, el tal Marvin tenía información sobre Wanda y Doug.
Cuando Phil salió cerré las puertas exteriores. Estaba en la sala de control y pude ver como los zombis se amontonaban inútilmente contra las puertas blindadas del banco.
Subí a la primera planta y me dirigí mi habitación. Recogí la copia de Frankenstein, ya casi lo había terminado. Pasé por el despacho que habíamos habilitado como cocina. Cogí unas galletas con chocolate y me llené un vaso con leche.
– “Todo listo” – me dije a mi misma.
Bajé a la planta baja y volví a la sala de control. Dejé mi desayuno sobre la mesa, me senté en una gran butaca de cuero con ruedas y empecé a leer.

No habría pasado demasiado tiempo, tal vez hubiera leído una treintena de páginas, cuando un coche grande y negro, con los cristales tintados se detuvo frente al banco.
– “¿Qué coño?” – era demasiado temprano para que Phil estuviera de vuelta.
Tres tipos vestidos de negro se bajaron del coche. Aunque no iban uniformados, todos vestían igual: traje negro, camisa blanca, corbata negra y gafas de sol.
– “¡Son los jodidos hombres de negro!” – exclamé. Ciertamente lo parecían.
Los visitantes se dirigieron hacía la puerta principal del banco. Varios caminantes les salieron al paso. Sin dudar, los misteriosos hombres de negro sacaron unos subfusiles de debajo de la americana y los frieron a tiros.
Uno de ellos sacó un bote de spray del bolsillo y pintó la cámara de seguridad.
– “¡Serán hijos de puta!” – me acababan de dejar ciega.
Cuando entraran en el banco, cosa que no tardarían en hacer, era seguro que vendrían a la sala de control. Lo mejor sería largarse de aquí y esconderse. Solo tenía una ventaja: ellos no sabían que yo estaba aquí.
Salí de la habitación a la carrera. Mientras subía las escaleras escuché una pequeña detonación y el sonido de cristales rotos. Ya estaban dentro.
En mi habitación cogí un montón de munición para la recortada y me escondí en el lavabo de la segunda planta. Cerré la puerta con llave desde dentro y me senté en el suelo frente a ella, con la recortada fuertemente cogida y apuntando hacía el frente. Cualquiera que entrara se llevaría una desagradable sorpresa.
Desde mi posición pude escuchar a los intrusos. No pude distinguir lo que decían, ni si hablaban inglés u otra lengua, pero me pareció distinguir dos voces diferentes. Estaban en las escaleras de la planta baja.
Pasaron unos minutos en silencio. Se me hicieron eternos. Permanecía sentada y cada vez agarraba la recortada con más fuerza.
Entonces se escuchó otra detonación. Creo que provenía del sótano. ¿Estarían intentando abrir la caja de seguridad? No creo que lo consiguieran con explosivos. Al menos, esa era la impresión que me había dado cuando había visto la puerta. Era enorme.
No pasó nada. De nuevo silencio. Cada vez estaba más nerviosa. ¿Para qué habían venido aquí?
Pasaron unos minutos. Volví a escuchar las voces. Otra vez estaban en la planta baja. Silencio de nuevo, como la calma que precede a la tormenta, y de pronto una explosión y un gran estruendo de cristales rotos. El edificio entero tembló. Las luces se apagaron y el sistema anti-incendios se puso en marcha. Me quedé sentada donde estaba, con la recortada en la mano, mojándome. Tenía miedo y frío. Estaba asustada… ¿estaba llorando?

Había perdido la noción del tiempo. Escuché unos ruidos en la planta baja.
– “¿Amy? ¿Amy? ¿Qué demonios ha pasado aquí?”
Salí de mi escondite. Se escucharon unos disparos. Me dirigí a las escaleras.
– “¿Phil? ¿Eres tú?” – pregunté con un hilo de voz.
Una figura empezó a subir las escaleras y pronto pude distinguir el familiar uniforme de policía. Creo que me lancé sobre él sollozando, lo rodeé con mis brazos y enterré la cabeza en su pecho.
– “Amy… Amy… ¿estás bien? ¿estás herida?” – me preguntó Phil.
– “No… No estoy herida. Estoy bien” – seguí sollozando contra su pecho.
– “Bien. No te preocupes. Ya estoy aquí” – sus palabras tenían un efecto tranquilizante.
Sentí como sus brazos rodearon mi espalda. Me sentí protegida y me relajé. Poco a poco dejé de sollozar.
Phil me cogió por los hombros y me miro a la cara. Después me limpió las lágrimas con sus manos. El tacto era caliente y suave. Fue agradable.
– “Mucho mejor así” – me sonrió. Por un momento sentí el impulso de besarlo – “¿Puedes explicarme qué ha pasado aquí?” – Como suelen decir, el momento pasó de largo.
– “No lo sé. No estoy segura” – me separé un poco.
Le expliqué tan bien como pude todo lo que recordaba. Que habían llegado los “hombres de negro” en un coche grande y con los cristales tintados; que habían pintado la cámara y que yo me había escondido; y que habían estado en la planta del sótano antes de hacerlo explotar todo. Era todo lo que sabía. Phil escuchó atentamente y en silencio, sin interrumpirme ni una vez. Movía la cabeza en señal de entendimiento.
– “Creo que hiciste bien en esconderte. ¿Vamos a ver si podemos averiguar algo?” – me sonrió el policía.
Bajamos por la escaleras. En la planta baja había varios zombis. Phil me hizo un gesto y los esquivamos sigilosamente.
Continuamos bajando por las escaleras. La planta inferior estaba a oscuras.
– “Deben haberse cargado el generador” – dijo Phil al tiempo que sacaba la pistola y alumbraba nuestro descenso con la linterna.
– “Tendremos que tener cuidado con Frankie” – susurré a su espalda.
– “Sshhh” – respondió él mientras bajábamos las escaleras.
Llegamos a la planta inferior y continuamos por el pasillo. La oscuridad y el silencio eran casi opresivos.
Al llegar a la esquina giramos en dirección a la sala del generador. El haz de luz de la linterna por un momento mostró algo un poco más adelante. Phil volvió a enfocar el objeto:
– “Eso es… ¿un brazo?” – pregunté.
– “Lo parece” – respondió Phil – “Quieta.”
Phil se detuvo y empezó a alumbrar diferentes puntos con la linterna. Parecía que buscara algo, sin embargo alumbraba hacía delante y hacía atrás. Casi en la otra esquina había algo, algo más grande que un brazo.
Nos acercamos con cuidado. Era Frankie. Estaba muerto.
– “Arghhh… ¡que asco!” – el olor era repugnante.
Phil me pasó la linterna.
– “¿Puedes alumbrarme?”
– “Mientras no tenga que acercarme” – respondí mientras me tapaba la nariz con dos dedos.
El policía se agachó y empezó a observar el cadaver.
– “¿Puedes alumbrarme por aquí?” – señaló con la mano.
Donde debería haber estado la cabeza del zombi no había nada.
– “Así que estas cosas pueden morir…” – comenté sorprendida.
– “Sí. Es la segunda abominación que veo muerta hoy” – respondió – “A las dos les faltaba la cabeza.”
Phil se incorporó y le devolví la linterna. Volvió a alumbrar hacía adelante y hacía atrás, y alrededor del cadáver. Estaba segura de que buscaba algo, pero no sabía el qué.
En ese momento una idea en la que no había reparado hasta ahora me vino a la cabeza.
“¿Y Marvin?” – pregunté de súbito.
– “No lo encontré” – respondió el policía – “Registré la zona, estaba llena de zombis, y encontré muestras evidentes de lucha… incluso el cadáver de una abominación. No se si sobrevivieron. Espero que lograran huir” – torció el gesto con amargura.
– “Seguro que escaparon” – intenté animarlo.
– “Continuemos hasta el generador” – me indicó Phil con su tono de agente.
Avanzamos por el corredor en silencio. Llegamos a la esquina. Descubrimos que nuestros visitantes habían colocado la bomba en la sala del generador. La puerta blindada casi había resistido la explosión. Todo estaba calcinado. No quedaba nada.
Giramos y continuamos dando la vuelta. Al llegar frente a la puerta de la caja de seguridad nos llevamos otra sorpresa. ¡Estaba abierta! Phil se acercó corriendo. Lo seguí.
– “¿Cómo han abierto? ¿Con explosivos?” – pregunté.
Phil estaba examinando la puerta.
– “No. Sabían la combinación” – afirmó convencido.
– “¿Cómo es posible?” – no salía de mi asombro.
– “Mira” – dijo – “No sé quienes eran los que han venido al banco, ni sé para quién trabajaban: el gobierno, un servicio de inteligencia, una agencia no gubernamental, los hombres de negro… no tengo ni idea… pero sí te puedo decir que eran muy buenos.”
– “¿Y eso como lo sabes?” – me pudo mi curiosidad.
– “Para empezar. No hemos encontrado ni un solo casquillo en todo el banco” – ¿eso era lo que buscaba? – “Si dispararon, después limpiaron sus huellas. Además, mataron a la abominación sin problemas, creo que le volaron la cabeza con una granada o algo similar.”
Asentí, todo lo que había dicho era correcto.
– “Sea lo que fuera lo que buscaban, lo cogieron y se marcharon. Y además borraron todas las pruebas de su paso por aquí. Son como fantasmas” – concluyó el policía.
– “Y ahora, ¿qué haremos?” – no sabía cual era el siguiente paso.
– “Recoge tus cosas. Será mejor que nos larguemos de aquí. Este lugar ya no es seguro.”
Subimos a la primera plante y empezamos a recoger nuestras cada vez más escasas pertenencias.
– “¿Y a dónde iremos?” – pregunté.
– “La verdad, no lo sé. Algo encontraremos…”

Zombies - Abomination

A1
(Prólogo)