wanda
El búnker no era exactamente lo que nosotros esperábamos. Aunque es cierto que era un lugar seguro donde dormir los que lo habían preparado sin duda no pensaban que se fuera a producir ninguna emergencia para la que el viejo refugio fuera necesario.

Las armas que había almacenadas eran, en su mayoría, de un calibre demasiado grande para ser útil, o totalmente inútiles: ¿qué se supone que debía hacer con un mosquete? Las pocas que realmente servían de algo disponían de poca munición. ¿No es curioso?
Las provisiones tampoco eran gran cosa. La mayoría eran productos enlatados con la fecha de caducidad pasada. Empiezo a pensar que era previsible.
Conclusión. Tenemos un refugio seguro, poca comida y menos munición. Como siempre.
Vuelta a lo básico. Estamos explorando la zona circundante en círculos concéntricos cada vez más amplios alrededor de nuestro escondrijo. Han pasado varias semanas desde el comienzo de la infección y la población zombi ha alcanzado su valor más alto. Lo que podría parecer una misión rutinaria es en realidad una ordalía en la que el más mínimo error podría ser fatal.
Salimos al exterior. Todo parecía tranquilo y no había zombis a la vista. Estábamos en una calle paralela a la avenida principal del pueblo.
– “Deberíamos explorar los edificios de la calle principal. Seguro que encontramos algún comercio o algún súper” – les dije a los chicos.
– “Seguro que los edificios están infestados de podridos” – dijo Josh – “Creo que lo más prudente sería abrir y darnos una vuelta.”
– “Las calles se llenaran de caminantes” – añadió Doug previsor.
– “Tendremos que correr” – aseguró Ned.
– “Me alegro de haber dejado de fumar, porque tanta carrera me mataría” – les sonreí – “¡En marcha!”
Fui la primera en llegar a la esquina y giré hacía la avenida. Doug, detrás mío, paró un momento para desvencijar la puerta de un local. Ninguno nos detuvimos a comprobar el interior y seguimos hacía el norte.
Una vez en la calle principal empezamos a divisar caminantes desperdigados aquí y allá. Un poco más al norte por la misma calle por la que subíamos me pareció ver algo interesante.
– “Mirad chicos, ¡un súper!” – exclamé.
– “¿Te encargas tú?” – me preguntó Ned. Asentí – “Abre y vuelve aquí. No te arriesgues más de lo necesario. Nosotros abriremos el edificio más cercano y…”
– “No te preocupes abuelo” – ya estaba a medio camino.
Llegué frente a la puerta del supermercado. Sin dudas este debía haber sido un pueblo tranquilo. Ni siquiera tenía una valla de seguridad. Abrí la puerta con una palanca.
Cuando me disponía a volver escuché disparos y vi que los caminantes que habían salido del primer edificio que había abierto Doug nos estaban siguiendo. Mejor dar un rodeo. Patiné por la calle paralela hacía el oeste.
Al llegar a la siguiente esquina giré hacía el sur para volver a la avenida principal. Los disparos sonaban más cerca.
Encontré un pequeño almacén. Abrí la puerta sin hacer ruido. Cuando iba a entrar a registrarlo un zombi saltó sobre mí:
– “¡Hijo de puta! ¡Las manos quietas, o te las corto!”
Me cargué al zombi. Los disparos seguían acercandose. Entré en el edificio y lo registré. No encontré nada de valor. Volví al exterior.
Había dos zombis cerca, algo más al sur, en la avenida principal. Cuando me preparaba para atacarlos de pronto cayeron fulminados por disparos.
– “¡CHICOS!” – grité – “¿Sois vosotros?”
Doug fue el primero en aparecer por la esquina, seguido de Ned y Josh, todos a la carrera.
– “Sí…” – respondió el oficinista entre ahogos – “…somos nosotros.”
Sonreí. Corrimos todos hacía el norte, llegamos a la esquina.
– “¿Y ahora qué?” – pregunté.
– “Tengo malas notícias. Hay una abominación subiendo la calle” – dijo Josh.
– “Refugiemonos en el súper” – respondió Doug.
– “Nos cortará el paso” – añadió el joven.
– “Entonces no tenemos tiempo que perder” – dijo Ned.
Nos abalanzamos sobre los zombis que venían desde el este. Si hubieran sido capaces, seguro que se habrían sorprendido de nuestra carga suicida.
Josh repartía batazos a diestro y siniestro mientras que Ned usaba el hacha como si fuera un diestro leñador talando zombis. Doug disparó a unos corredores y el paso hasta el edificio quedó limpio.
– “¡Corred! ¡AHORA!” – gritó el oficinista al tiempo que el mismo empezaba la carrera.
Entré en el edificio seguida de cerca por Josh. Ned fue el último en llegar y se recostó contra la pared para recobrar el aliento.
– “Tal vez haya otra salida… podríamos intentar despistarlos” – sugerí.
Los ruidos de la manada zombi se acercaban cada vez más a la puerta.
– “Esperemos que tengas razón… no podremos contenerlos” – respondió Ned resignado.
Empezamos a registrar el edificio. Lo único que me importaba ahora era encontrar una salida.
– “¡Chicos! ¡La tengo!” – dije excitada.
Estaba frente a una puerta metálica, tal vez una salida de emergencia. Sin dudas esta era una ocasión ideal para usarla. Los demás corrieron hacía mi posición.
– “Parece que da a la calle principal. Con suerte podremos escondernos en otro edificio antes de que salgan de este. Sí nos pierden la pista estaremos salvados” – el anciano ahora tenía un espíritu más optimista.
– “¿Todos preparados?” – preguntó el oficinista.
Asentimos en silencio. Doug abrió la puerta.
– “¡Corred! Yo os cubriré” – dijo mientras se giraba y se liaba a tiros.
Ned fue el primero en salir disparando a la calle. Los zombis, que se estaban alejando, murieron antes de darse cuenta de quién les disparaba.
Josh le siguió, cruzó la calle y entró en el otro edificio. Era un pequeño comercio. Lo seguí.
– “Espero que salga bien, esto es una ratonera” – maldijo el joven.
No perdí el tiempo en contestarle y empecé a registrar la tienda, tal vez hubiera algo que nos pudiera ser útil. En el despacho encontré una trampilla que llevaba a un pequeño sótano.
– “¡Josh!” – le grité murmurando – “¡Mira esto!” – le señalé la trampilla que ya había abierto.
– “¡Genial! Vamos” – les indicó a los demás con la mano.
Bajamos al sótano y Doug, el último en entrar, cerró la trampilla tras de sí.
– “Ahora callaos. Esperemos que los zombis se larguen” – murmuró.
Poco a poco los ruidos se fueron alejando. Pasaron varios minutos en el más profundo silencio, solo roto por nuestras respiraciones. Cuando finalmente pensé que estábamos seguros no pude reprimirme más:
– “No sé que pensáis vosotros, pero este pueblo es una mierda….”

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