phil
Habían pasado varios días desde Halloween, pero a Amy no se le había ido de la cabeza la idea de que debíamos asaltar un banco. Al final su insistencia me había convencido. Era cierto que los bancos fueron un sitio muy seguro antes, pero, ¿lo seguirían siendo? Espero que sí.

Armados hasta los dientes nos subimos al coche y llegamos frente a nuestro objetivo. La calle se veía tranquila, aunque seguro que no tardarían en aparecer zombis de todas partes atraídos por el ruido.
Detuve el vehículo muy cerca de la entrada del banco. Las puertas automáticas estaban abiertas y pude ver un par de zombis deambulando por el hall. Dos disparos bastaron para abatirlos.
– “Entra en el banco, ¡yo te cubro!” – dije a Amy, que ya estaba bajando del vehículo machete en mano.
Desde mi posición pude ver como entraba en el Hall y le partía la cabeza sin dudar al primer caminante que se le acercó. Un pequeño grupo con un gordo se dirigió hacía ella por su espalda. Bajé del coche y me puse a disparar.
– “¡EH, CAPULLOS! ¡ES A MÍ A QUIEN ESTÁIS BUSCANDO!” – le grité a los zombis que ahora se encararon, los que quedaban, hacía mí.
Amy aprovechó mi distracción y cruzó el hall a la carrera. Esquivé al gordo y entré en el banco tras de ella.
Estaba dentro, pero antes de que me diera cuenta tenía a otro grupo de esas criaturas demasiado cerca. Disiparé contra ellas abatiendo a varios caminantes, pero un gordo se abalanzó sobre mí y nos caímos al suelo.
Flexioné mis rodillas y las puse contra su pecho, para mantenerlo a distancia. Sí no se me ocurría algo rápido estaba perdido. De pronto el gordo se desplomó a un lado con la cabeza partida. Amy me ofreció la mano para levantarme.
– “Gracias, has llegado justo a tiempo” – dije mientras me incorporaba.
– “Las puertas están cerradas. No hay manera de forzarlas. No podremos abrirlas sin las llaves” – dijo ella con amargura sin darle importancia a mi agradecimiento.
– “Peter” – dije señalando al gordo descabezado – “Era guardia de seguridad. Puede que tuviera esas llaves que dices” – añadí.
– “¿Cómo sabes tu eso?” – me preguntó mientras se apresuraba a registrar el cadáver – “¡Eureka!” – exclamó al encontrar lo que buscaba.
– “Me fije en su uniforme mientras intentaba que no me mordiera” – respondí mientras me frotaba la cabeza.
– “Pues ha sido un buen detalle” – me lanzó el llavero.
Nos dirigimos a la puerta del norte. Puse las llaves en la cerradura.
– “¿Lista?” – pregunté. Amy asintió con la cabeza.
Abrí la puerta y entré disparando en la sala. En la habitación había tres zombis. Abatí a los dos más alejados. Amy, que había recogido las llaves, entró a mi lado eliminó al caminante más cercano y rápidamente volvió a cerrar la puerta.
– “Parece que aquí estamos seguros” – dije mientras recostaba mi espalda contra la puerta blindada.
La estancia era bastante espaciosa para lo poco que contenía. Las paredes eran de un blanco desnudo ahora manchado por sangre en diferentes lugares. Unas escaleras conducían a la planta superior, donde se escuchaban ruidos; y otras a la oscuridad de la planta inferior. Había una puerta blindada, como en la que estaba recostado, al fondo de la pared del este.
Nos acercamos a la puerta. Estaba cerrada, pero se oían gruñidos al otro lado. Hice un gesto a Amy para que se preparara.
Giré la llave y abrí la cerradura. Al otro lado había un pasillo con varios caminantes.
– “Aquí tenemos inquilinos” – dije mientras empezaba a disparar.
– “¿Tú te encargas? Quiero ver lo que hay arriba – respondió Amy.
– “Sí, sin problemas” – ya casi los había abatido a todos. Amy desapareció por las escaleras.
Mientras acababa de comprobar el pasillo volvió a bajar. No había tardado mucho.
– “¿Cómo ha ido?” – pregunté.
– “Arriba también hay. He abierto una puerta, pero había demasiados y he preferido volver” – contestó a mi pregunta.
El pasillo conectaba con dos puertas más. Estaba a punto de abrir la primera.
– “Veamos qué hay por aquí.”
Abrí la cerradura. No había luz en la estancia por lo que era difícil distinguir el interior. Di unos pasos mientras mis ojos se acostumbraban a la poca luz que entraba por la puerta abierta.
– “Todo limpio” – hice saber a mi compañera.
Amy entró detrás mio. Estábamos en la sala de control de los sistemas de seguridad del banco.
Dos filas de monitores en la pared frente a la entrada deberían haber mostrado imágenes de las cámaras del banco. Estaban todos apagados.
Un panel de control con un teclado se encontraba bajo los monitores, con un par de sillas de oficinas con ruedas frente al panel. Había unas plantas decorativas en las esquinas más alejadas, junto a unos armarios y un perchero de pie.
– “No hay corriente. Esto no funciona” – dijo Amy algo desalentada después de manipular el panel de control.
– “El banco debe tener su propio generador de electricidad para los sistemas de seguridad. Seguramente estará apagado. Tendremos que encontrarlo y ponerlo en marcha” – estaba bastante seguro de lo que estaba diciendo.
– “¿Cómo?” – Amy parecía sorprendida – “¿y dónde lo buscamos?”
– “Supongo que estará en la planta inferior. Iré a investigar. Mientras tanto, controla las escaleras, no me fío de que esas cosas bajen a por nosotros mientras pensamos que estamos seguros” – Amy asintió.
Enfundé las pistolas y me descrucé la escopeta de la espalda. Cogí la linterna del cinto. Me encantaba mi equipo policial.
Empecé a bajar las escaleras y encendí la linterna al adentrarme en la oscuridad.
Llegué a la planta inferior. No se veía mucho, la verdad, pero si escuché los ruidos que hacían esos monstruos.
– “Urrrghhhhhh!” – por el ruido, tenía que ser enorme y estaba peligrosamente cerca.
Disparé a bocajarro a lo que fuera. El fogonazo del disparo y la linterna me permitieron ver mejor a mi blanco.
– “¡Una puta Abominación!” – no le había hecho ni un rasguño.
Instintivamente rodé hacía la izquierda para evitar cualquier posible ataque y empecé a correr por el pasillo. La tenía detrás, podía escuchar los ruidos que hacía al correr torpemente.
Me giré y disparé dos veces más. Entre los fogonazos pude ver como Amy bajaba las escaleras, seguramente preocupada por los tiros.
– “¡MANTENTE ALEJADA! ¡YO ME ENCARGO!” – le grité. Me giré y seguí corriendo.
Llegué a la esquina. El pasillo giraba hacía la derecha, conectando con otro largo pasillo. Del fondo provenían más ruidos de zombis, mucho más lejanos que la abominación que me perseguía. Continué avanzando.
La fuente del sonido resultó ser un gordo que se movía torpemente hacía mi. Un disparo de escopeta le hizo perder la cabeza.
Le había sacado unos segundos a esa cosa, suficientes para mirar a mí al rededor alumbrando con la linterna y hacerme una idea de donde estaba. Según mi orientación estaba más o menos en medio de un pasillo que iba de norte a sur. Al oeste estaba la puerta de la caja de seguridad, que suponía que ocupaba el centro o la mayor parte de esta planta.
Oí como la abominación volvía a acercarse.
– “¿Seguimos?” – no esperaba más que un gruñido como contestación.
– “Uggghhhhh” – esa era la señal. Seguí corriendo por el pasillo en dirección sur.
Mi carrera me llevo frente a una puerta de servicio. El pasillo torcí hacía el oeste, pero los carteles de peligro y con símbolos de electricidad me hacían pensar que allí estaba lo que estaba buscando.
Con la ayuda de una palanca improvisada abrí la puerta. Entre y ajusté la puerta tras de mí. ¡Bingo! Era una pequeña sala con las paredes de hormigón desnudo, y justo en medio estaba el generador. Me acerqué y alumbré con la linterna.
Estaba apagado. No me costó encontrar el botón de encendido. Lo pulsé un par de veces. Nada. Sin efecto. Volví a pulsar. Lo mismo.
– “Debe estar sin gasolina. Seguro que tiene que haber alguna lata por aquí cerca.” – murmuraba para mí mismo.
Me puse a registrar la pequeña estancia. Mientras lo hacía me sobresaltó el sonido de disparos. Eran las recortadas de Amy, de eso estaba seguro. Esperaba que estuviera bien. No podía perder mucho tiempo aquí. Intensifiqué mi búsqueda.
Tal como había supuesto, en un armario en una de las esquinas de la habitación encontré una lata con gasolina. Me apresuré a repostar el generador y volvía pulsar el botón de encendido. Un leve temblor, un sonido parecido a un ronroneo y la máquina se puso en marcha. De pronto se encendieron las luces de emergencia de la sala.
– “¡Funciona! ¡Cojonudo!” – tenía que ir a buscar a Amy y volver a la planta baja.
Salí al pasillo. Las luces, que supuse contaban con un detector de presencia, ya estaban encendidas.
No muy lejos, dándome la espalda por el pasillo se encontraba la abominación, que se dirigía hacía donde estaba Amy, en la esquina más alejada.
– “¡AMY!” – grité. La cosa si giró hacía mi – “YO ME ENCARGO, NOS VEMOS EN LA SALA DE CONTROL.”
La abominación venía hacía mí. Perfecto. Empecé a correr hacía el norte. Frené al pasar frente a la puerta de la caja de seguridad. Me giré. El bicho estaba a media distancia, pero disparé igualmente. Continué corriendo.
Al llegar a la esquina norte giré hacía el oeste y subí las escaleras. En la planta baja salí al pasillo y entré en la sala de control. Amy ya estaba allí.
– “¡Funciona! Ya tenemos video, y he cerrado las puertas principales, ya no entrarán más” – dijo sonriendo.
– “Bien, mucho mejor” – respondí.
– “Bueno, en realidad, todavía tenemos muchos en el Hall y en la primera planta” – dijo en un tono más serio – “¿y la Abominación?”
– “Abajo, haciendo la ronda por los pasillos. Nos vigila la caja fuerte” – bromeé.
– “¿Y vamos a dejarla ahí?” – preguntó Amy sorprendida.
– “Por ahora tenemos preocupaciones más apremiantes” – señalé los monitores de video con sus pantallas llenas de zombis – “Además, no podemos dañarla. Tu también le disparaste, ¿no? Escuche unos disparos…”
– “No” – me interrumpió Amy – “cuando estaba abajo unos corredores bajaron las escaleras y los freí.”
– “Escuché tus recortadas, pensaba que le disparabas a la Abominación” – dije yo.
– “No, corredores, creo que venían de la primera planta” – replicó ella.
– “Mierda. Así que los corredores pueden usar las escaleras” – era una mala noticia.
Tras un breve silencio, Amy preguntó:
– “¿Y qué hacemos ahora?”
– “Patearles el culo y echar a esos podridos de nuestro banco” – mi respuesta pareció divertir a Amy.
– “¿Y por dónde empezamos? Tenemos para elegir” – señaló a los monitores.
– “Deberíamos comprobar que los accesos a esta zona son ‘seguros’ y pensar en alguna manera de acabar con los inquilinos de arriba” – contesté.
– “Yo llevo las llaves, me encargaré de comprobar las puertas” – dijo Amy mientras se incorporaba.
– “Ok. Yo intentaré atraer a los zombis” – también me incorporé.
– “¿Cómo piensas hacer eso?” – parecía intrigada.
– “Algo se me ocurrirá” – le hice un gesto con el pulgar hacía arriba.
Amy asintió y salió por la puerta. Registré la sala de control con la esperanza de encontrar algo que nos fuera útil. En un pequeño armario bajo los monitores encontré una botella de vino. Estaba a medias. La cogí y me dirigí a la sala de las escaleras.
Tenía que atraer los zombis hacía aquí. Podía escuchar a los caminantes en la planta superior, y también al otro lado de la puerta por la que habíamos accedido a la sala la primera vez. Me acerqué a la puerta y piqué en ella un par de veces con la botella. Los sonidos del otro lado se hicieron más intensos.
– “Así que os gusta el ruido, ¿eh chicos?” – cogí la botella por el cuello y me la acerqué a la cara como si fuera un micro – “muy bien colegas, esta va por vosotros” – empecé a cantar – “I’m a poor lonesome cowboy…” – más gemidos y rugidos, mi público estaba encantado – “…I’ve a long long way from home… And this poor lonesome cowboy” – continué cantando.
Después de un par de estrofas tenía la garganta seca. Sin pensarlo mucho destapé la botella de vino y di un trago.
– “¡Mierda! ¡Joder, está picado!” – escupí el liquido de mi boca.
Ahora tenía un sabor de boca horrible, pero ya no tenía la garganta seca. Seguí cantando.
Al cabo de un rato Amy regresó. De pronto escuché unas palmas viniendo de la puerta del pasillo. Amy estaba de pie, riendo y aplaudiendo mi cuarta interpretación del tema.
– “Lo haces muy bien” – dijo entre risas.
– “Gracias” – respondí – “Has tardado, ¿todo bien?”
– “Bueno, había una puerta que me daba mala espina, así que me entretuve un poco atrancándola” – se explicó la joven.
– “Bien. Ahora que has vuelto, he tenido una idea” – empecé a explicarme – “ahora vuelvo.”
– “Y yo que hago ¿te espero aquí? Que sepas que yo no pienso cantar” – dijo haciéndome burla.
– “Voy un momento abajo, espérame en la sala de control” – le entregué la botella de vino y me dirigí a la planta inferior.
Cuando llegué a bajo alumbré con la linterna. No se veía a la abominación. Silbé. Un rugido desde el pasillo del oeste fue la respuesta que esperaba. Corrí hacía el sur y giré al este al fondo. No tardé en llegar a la sala del generador. Recogí la lata de gasolina. Estaba casi vacía, pero aún quedaba algo de liquido.
Salí de la sala, hice algo de ruido para distraer a la abominación y volví corriendo a la sala de control. Allí, Amy estaba sentada frente a los monitores, reclinada en una silla y con los pies cruzados sobre la mesa.
– “Ya estoy aquí” – dije para llamar su atención. Bajó las piernas e hizo girar la silla.
– “Y bien, ¿cuál era tu idea?” – me preguntó.
– “Verás” – cogí la botella de vino y la vacié en una maceta de una planta decorativa que había en la sala – “he pensado que con esta botella y algo de gasolina podíamos hacer un cocktail molotov para eliminar a los caminantes de la planta superior.”
– “¿Un cocktail molotov? ¿en el banco? Tú estas loco” – replicó rapidamente.
– “No te lo creas” – respondí – “sí no usamos mucha gasolina la deflagración será mínima, esto no lleva metralla” – me justificaba – “Además, supongo que el banco tiene un sistema anti-incendios” – al menos eso esperaba – “será más una distracción que otra cosa.”
Mientras lo explicaba había volcado el combustible en la botella de cristal. Me rasgué la manga de camisa, la empapé con la gasolina que quedaba y la puse a modo de mecha en la botella.
Le pasé el cocktail a Amy y me puse a cargar la escopeta.
– “¿Lista?” – pregunté.
– “¿Lo puedo hacer yo?” – tenía la misma cara que una niña pequeña con un juguete nuevo.
– “Sí te hace ilusión” – cargué el último cartucho. Estábamos a punto.
Subimos las escaleras en una carrera. Amy iba delante. Al llegar a la primera planta vimos a los caminantes, estaban en una sala grande contigua a las escaleras. Amy encendió el cocktail y se lo lanzó.
– “¡Arded hijos de puta!” – el cocktail impactó de lleno en la cabeza de un zombi, que se puso a arder junto a los otros monstruos que tenía cerca.
Empezamos a disparar sin cesar. Los zombis más cercanos y los que estaban ardiendo no tardaron en caer al suelo. Se activaron los detectores de humo y los aspersores empezaron a regar la habitación.
Cadáveres, zombis, humo, fuego, agua, ruido. Pura confusión. Seguíamos disparando. Amy no paraba de gritar.
Pronto todo hubo acabado. El fuego casi se había extinguido. Los aspersores dejaron de escupir agua y no quedaba ningún caminante ni gordo en pie. El suelo estaba plagado de muertos y charcos de agua y sangre.
Avanzamos por la habitación y fuimos dando la vuelta a toda la planta, eliminando los pocos zombis que quedaban vivos o lo que fuera. Después de dar toda la vuelta llegamos a la sala de las escaleras.
– “Parece que esta planta ya esta limpia” – dijo Amy con tono de satisfacción por el trabajo realizado.
– “Sí, eso parece” – respondí contento – “volvamos a la sala de control.”
– “¿Podemos hacer otro de estos? Así eliminaremos a los de la planta baja” – Amy parecía impaciente, y cansada.
– “No. No creo que haga falta” – contesté tranquilo.
Llegamos a la sala de seguridad. Los monitores de la parte superior mostraban habitaciones tranquilas. El hall sin embargo seguía lleno de monstruos. Le hice un gesto a Amy para que sentara.
– “Entonces, ¿cómo los matamos?” – insistió.
Me dirigí a la esquina más alejada de la sala. Cuando la había registrado había encontrado allí un tesoro.
– “Con un poco de suerte” – puse en marcha la cafetera – “no hará falta. ¿Quieres un café?”
Su expresión cambió al escuchar la palabra café.
– “¿Has dicho café? ¿En serio? ¡Claro! Pero, ¿sí no los matamos?” – seguía dándole vueltas al mismo tema.
– “Les abriremos las puertas exteriores. Al cabo de un tiempo se cansaran de esperar y se largaran por su propio pie. Solo tenemos que esperar y no hacer ruido.”
Apretó el botón para abrir las puertas.
– “Esperar y no hacer ruido” – cogió la taza de café que le ofrecía – “parece un plan sencillo” – hizo un gesto de aprobación levantando la taza de café.
Le devolví el gesto cortesmente.
– “Sí funciona, lo más difícil del día ya está hecho. Al menos espero que no perdamos interés…”
 

Tile 1B

K1