josh
Habíamos vuelto a la ciudad.
Bunkerville, pese a ser un lugar seguro, disponía de más zombis que recursos útiles.
Volvimos con la intención de preparar, esta vez algo mejor, el viaje a Switch City. La ciudad de los interruptores seguía siendo nuestra Tierra Prometida. Además, supongo que todos teníamos nuestros motivos para volver.

Ned cree que la llave de su búnker podría estar en la casa de un viejo amigo. El viejo pasó la noche anterior a la invasión zombi con su colega, jugando a un no se qué RPG y comiendo pizza. Pizza fría. Antes, la vida del abuelo era así de emocionante.
En realidad, la llave de Ned nos importa una mierda, pero él no va a dejar de protestar hasta que registremos este sitio. En otras circunstancias, puede que esto me hiciera gracia.
La casa se encuentra en una calle fea, y el único punto de interés es una glorieta. Está llena de coches y también de sus antiguos conductores, cómo no. Seguro que los vehículos se quedaron sin gasolina, y estos tíos se quedaron aquí porque no querían abandonar sus coches. Ya en vida eran zombis de mierda.
– “Qué quereis hacer, ¿vamos a por ellos o esperamos a que vengan?” – pregunté con algo de impaciencia.
– “Dejemos que vengan. Mientras podemos explorar la tienda de alimentación” – señaló Doug.
– “Aquí es donde siempre comprábamos las pizzas” – intervino Ned.
Wanda no tardó en abrir el edificio y Doug se lió a tiros a través de la puerta. Cuando dejó de disparar Ned y yo entramos en el comercio.
En el interior no había mucho que destacar, excepto los tres o cuatro zombis que ahora se dirigían hacía nosotros. No merecían ni el gasto de una bala, era mejor no hacer ruido, así que los eliminamos a golpes.
Wanda y Doug se unieron a nosotros y empezamos a registrar el inmueble.
– “Creo que esta puerta da a la glorieta” – dijo la patinadora desde una sala cercana.
– “Abrela…” – dije yo – “Así los zombis llegaran antes” – no estaba fanfarroneando.
– “Como quieras” – contesto la camarera.
Abrió la puerta y volvió patinando junto a los demás. Ned seguía rebuscando cabizbajo y parecía que Doug había encontrado algo.
– “¡Mirad chicos! Aquí hay una caja con spaghetti” – el oficinista estaba risueño, hacía días que no comíamos pasta.
Empezaron a llegar caminantes desde el exterior y nos pusimos manos a la obra. Doug y Ned disparaban a través de las puertas de la habitación donde nos habíamos atrincherado. Si alguno llegaba a cruzar al interior Wanda y yo los eliminábamos a golpes.
Llegó otra oleada. No eran demasiados. Habíamos sobrevivido a refriegas mucho más duras que esta, nos habíamos curtido y eso nos había hecho más fuertes. Poco a poco el flujo de zombis empezó a cesar.
– “¡Vamos a por ellos!” – dijo Doug.
El oficinista salió al exterior por la puerta que había abierto Wanda, disparando sus recortadas a todo lo que se movía. Ned le cubría las espaldas.
– “¡Ya era hora!” – salí por la otra puerta a la calle.
Los pocos zombis que quedaban desperdigados por la calle empezaron a moverse hacía mí. Era hora de encender la motosierra, la había estado guardando para algo adecuado como esto.
Cerré la boca para que no se me llenará de sangre asquerosa de zombi mientras iba sajando la carne de los podridos que se acercaban.
– “¡Tomad hijos de puta!”
Golpeaba de arriba a abajo y de izquierda a derecha sin cesar, cortando todo lo que se acercaba a mí. Pronto estaba solo en la calle. Corrí hacía la rotonda.
Al llegar no había zombis a la vista. Ned y Doug registraban los coches de la rotonda para comprobar si alguno todavía funcionaba. Wanda estaba abriendo la puerta del kiosco que ocupaba el centro de la glorieta.
De improviso, dos corredores surgieron del interior y se abalanzaron sobre la rubia, que casi no pudo reaccionar. Disparó a uno de ellos destrozándole la cabeza, pero el otro la golpeó, derribándola.
Corrí tanto como pude y partí al zombi por la mitad antes de que pudiera volver a atacar a Wanda.
– “Por los pelos. ¿Estás bien?” – le dije mientras le tendía la mano.
– “Sí. Gracias a ti” – estaba sangrando, pero esbozó algo parecido a una sonrisa.
No tardamos demasiado en registrar el pequeño kiosco. No había nada que nos fuera útil. Volvimos a la rotonda.
– “Estos tampoco funcionan” – dijo Ned después de probar otro coche – “Entremos en la casa.”
El viejo abrió la puerta del inmueble donde había vivido su amigo.
– “Será mejor que entre yo primero” – le indicó Doug mientras desaparecía en las sombras del interior del edificio.
Se escucharon un par de disparos y después, silencio.
– “TODO DESPEJADO” – era la voz de Doug.
Entramos en la casa. El oficinista estaba apartando los cadáveres de los zombis. Los registramos, y también estuvimos bastante rato revolviendo todas las habitaciones.
– “Esto ya está limpio y ni rastro de las llaves, ¿ahora qué?” – pregunté a mis compañeros, cansado de volver a mirar en los mismos sitios una y otra vez.
– “Bueno…” – empezó Ned – “Como tu has dicho, esto está limpio, podemos quedarnos por aquí y volver a buscar las llaves…”
– “Vamos tío… ¡No jodas! Ya hemos buscado las putas llaves y no están aquí… y los zombis de mierda volverán… es sólo cuestión de tiempo” – repliqué.
– “Lo cierto es que deberíamos descansar” – añadió Doug, siempre tranquilo y racional.
– “Ya que estamos en la ciudad, podríamos ir a mi casa” – dijo Wanda, que ya no sangraba.
La propuesta de la rubia nos sorprendió a todos, nos miramos los unos a los otros con cara de asombro.
– “¿Y porqué no? Puede ser divertido…” – añadí.

Zombicide Fan Fiction Episode A2 - Josh

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