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Ayer soñé con beicon. Solo beicon.
Me desperté. Seguíamos en nuestro refugio. Fui al lavabo, me lavé la cara y mi dirigí a la cocina. Allí estaba Wanda.
– “¿Qué desayunamos hoy?” – pregunté animado.
– “Agua y biscotes duros” – me respondió la camarera sin júbilo.
– “¿No hay leche?” – pregunté abatido. Al menos con la leche podía reblandecer los biscotes.
– “Se acabó ayer.”

Los zombis son peligrosos, pero puede que no sean la mayor amenaza. Siempre tenemos que encontrar nuevos recursos, comida, armas, munición y, por encima de todo, refugios seguros.
Con esa idea nos pertrechamos para una nueva expedición. Teníamos muchas armas y pocas municiones.
Y aquí estamos, en el centro de la ciudad, un cementerio de cemento y cristal. Los grandes bloques de las oficinas están definitivamente infestados. Sin embargo, si tenemos suerte, puede que encontremos medios para sobrevivir unos días más.
– “Recordad, no debemos abrir más de una puerta al mismo tiempo ni hacer demasiado ruido. De lo contrario, ¡tendremos a todos los zombis de la ciudad encima en cuestión de minutos!” – no parecieron hacerme mucho caso.
Wanda no tardó en avanzarse y girar la esquina, desapareciendo momentaneamente de nuestra linea de visión. Cuando yo llegué a la esquina ella ya estaba a media calle. Al fondo se distinguían caminantes.
– “¡TAMBIÉN HAY CORREDORES!” – nos gritó Wanda antes de girar en la esquina hacía el sur y volver a desaparecer.
Habíamos tenido suerte. Una de las plantas bajas de uno de los edificios de la calle contenía una armería, justo lo que necesitábamos. Me adelanté y abrí la puerta del local con una palanca.
Josh entró por la puerta disparando, con Ned pegado a su espalda. Esperé unos segundos, mirando a ambos lados de la calle y también me escabullí al interior del edificio.
No tardé en encontrar lo que necesitaba. Munición para las recortadas. Puse un par de cajas en mi bolsa y abrí otra para recargar. Me guardé unos pocos cartuchos más en los bolsillos.
Mis compañeros estaban haciendo lo propio, cogiendo cartuchos para la escopeta y balas de sobras para las pistolas. Bueno, las balas nunca sobran, pero cogieron muchas.
– “Mantendré limpia la salida por si necesitamos una via de escape. Recoged todo lo que podáis” – volví al exterior.
Al salir a la calle un corredor solitario se abalanzó hacía mi. Un solo disparo y los restos del descabezado zombi cayeron al suelo. A unos cuarenta metros, un pequeño grupo de corredores se sintió atraído por el ruido.
Me encaminé hacía ellos para acelerar el encuentro y descargué los cartuchos de mis recortadas antes de recargar y volver a disparar. Ruidoso pero efectivo. Seis caminantes yacían inertes en el suelo.
Del interior del edificio donde estaban mis colegas también llegaban ruidos de disparos.
Al girarme para comprobar que la calle seguía ‘en orden’ una puerta en el edificio del norte, frente al que ocupaban mis compañeros, me llamó la atención. Me acerqué y la abrí de un palancazo.
Reculé unos metros. Sin duda, los zombis del edificio vendrían atraídos por el ruido de la puerta.
– “Doug” – Ned había aparecido en mi espalda con las pistolas listas en las manos.
– “Cuidado Ned, acabo de abrir la puerta, ahora saldrán en oleadas, la puerta hará de embudo” – comenté mientras los primeros zombis ya aparecían por la puerta
– “Bien” – replicó Ned mientras empezaba a disparar – “Wanda está explorando los edificios del sur y Josh está paseando una abominación por el edificio” – me informó.
– “Deberíamos registrar este edificio y ganar la esquina, allí será más fácil reunirnos” – si estábamos mucho rato separados seriamos presas fáciles. La unidad nos hacía más fuertes. Descargué contra la puerta y volví a cargar.
Al cabo de un par de minutos, el goteo de zombis por la puerta cesó. Sin embargo, se acercaban más por la calle.
Josh apareció de la nada a nuestro lado. La verdad es que me llevé un buen susto.
– “Creo que la he despistado, pero volverá” – dijo el joven pandillero.
– “Ok. Yo registraré el edificio, vosotros intentad ganar la esquina” – respondió el veterano mientras pasaba por encima de los cadaveres amontonados frente a la puerta.
– “Cuenta con ello abuelo” – sonrió Josh.
El olor de la pólvora quemada nos embriagó mientras avanzábamos por la calle con las recortadas y la escopeta escupiendo fuego y cartuchos. Tras varios minutos y muchos disparos llegamos a la encrucijada de la calle.
– “Yo me encargo del oeste y del sur” – le dije al joven.
– “Ok. Entonces me tocan el norte y el este” – replicó el pandillero – “¡mira! Ya viene Wanda.”
La patinadora se acercaba abriéndose paso por el reguero de cadáveres que habíamos dejado a nuestro paso.
– “He encontrado agua. Y algo de leche” – dijo cuando se puso a nuestra altura.
– “¿Leche? ¡Genial!” – repliqué.
El sonido de cristales rotos llamó nuestra atención en el edificio del norte. Ned acababa de aparecer en la calle atravesando una ventana. Corrió hacía nosotros.
– “Tengo papel higiénico” – sonrió.
– “Yo he visto varias latas de conserva en un pequeño comercio al sur, pero apareció la abominación y no pude recogerlas” – continuó explicando Wanda.
Como si hubiera oído que la nombráramos, la abominación apareció en el extremo este de la calle.
– “Yo me encargo de las provisiones que ha visto Wanda en el sur. Vosotros mirad en aquel comercio” – dijo mientras señalaba el bloque del noroeste – “Nos vemos en el refugio” – un momento después desapareció como engullido por una marea zombi.
Desde la esquina manteníamos a ralla a todos los zombis que se acercaban.
– “¡Límpiame la entrada Doug!” – ordenó Wanda.
Como respuesta vacié los cuatro cartuchos contra la fachada del edificio, haciendo que varios caminantes se desplomaran sin cabeza.
Wanda ya estaba abriendo la puerta, y como si fuera un ejercicio sincronizado, Ned entró disparando en el edificio. Varios fogonazos y disparos sonaron en el interior.
Me acerqué a la posición de Wanda. Esperábamos en la puerta que saliera Ned mientras seguíamos disparando a los zombis para que no se acercaran.
– “¡Chicos!” – Ned salió del inmueble – “He encontrado gasolina, podremos poner en marcha los coches y largarnos de aquí” – el viejo estaba contento.
– “¿Gasolina? ¿Y eso?” – me sorprendió que tuvieran latas de gasolina en un comercio.
– “Sí, tenían un generador propio que funcionaba con gasolina. Por suerte eran previsores y tenían varias latas de repuesto” – la cara del abuelo empezó a cambiar.
De pronto otra oleada de pútridos giró la esquina; gordos, corredores y caminantes. Al otro lado de la calle, la abominación.
– “¿De dónde coño salen? ¡Son demasiados!” – exclamé.
– “Tenemos lo que veníamos a buscar. ¡Larguémonos!” – replicó Ned.
– “¿Y Josh?” – preguntó Wanda.
– “Ya lo has oído, nos veremos en el refugio, no te preocupes por él, solo le entorpeceríamos.” – le contestó el veterano.
– “Como queráis” – parecía una respuesta resignada.
No tardamos ni un segundo en empezar a correr. Aunque fuera más un trote que una carrera, íbamos cargados y esquivando zombis sin poder parar en ningún momento. Wanda rápidamente nos saco ventaja. El viejo Ned estaba en una sorprendente buena forma, y mantenía un ritmo alto que me costaba seguir. No nos detuvimos hasta llegar al refugio.
Una vez allí, me desplomé en el suelo, estaba reventado, los pulmones me ardían y me faltaba el aire. Tardé unos minutos en recuperarme.
Tal como había pronosticado el abuelo, al cabo de un rato Josh apareció en el refugio.
– “No pude encontrar mucho, pero algo es algo…” – dijo mientras empezaba a sacar latas de conservas de sus bolsillos.
– “Nunca entenderé como te puede caber todo eso en los bolsillos” – comentó Wanda.
– “Es el mismo truco que usáis las mujeres en los bolsos” – sonrió el pandillero.
– “¡Genial Josh! Con esto tendremos para varios días… ¡Muchas gracias!” – le dije mientras le daba unas palmadas en la espalda.
Al menos, eso es lo que esperaba.

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